Hasta hace poco, los peruanos pedían “que se vayan todos”, pero hoy son las madres cusqueñas quienes se preocupan por que se vayan todos sus hijos del país por falta de oportunidades, ante la posible llegada de un gobierno populista de izquierda. Los jóvenes se preguntan si hay futuro aquí en el Perú, y miran hacia Chile, Argentina o Ecuador no como destino de vacaciones sino como plan de vida.
Cusco no quiere sufrir el dolor de las familias que se fragmentan porque el país no ofrece las oportunidades necesarias para quedarse. Pero esta preocupación que crece hoy se personifica en la posibilidad de un gobierno que cierre las puertas al emprendimiento, que agrande el Estado y achique las oportunidades, que ahuyente la inversión privada que genera empleo real.
Porque cuando el Estado se convierte en el dueño de todo, el que pierde primero es el joven que quería abrir su negocio, el técnico que soñaba con crecer en su oficio, y el profesional que apostó por quedarse en su región.
Las madres cusqueñas lo ven venir. Y tienen razón en estar asustadas. Cusco tiene historia, tiene recursos, y tiene gente capaz. Pero ninguna de esas fortalezas sobrevive a un modelo económico que premia la dependencia del Estado y castiga el esfuerzo propio. Los hijos del Cusco merecen un futuro aquí. No en otro país.


